Maneras de conocer Londres

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel  Datos del Autor: Aniko Villalba

Las estaciones de tren europeas tienen una magia especial. No son como los aeropuertos —tan grandes, alejados e impersonales— ni como las terminales de autobuses —según la zona del mundo: caóticas o predecibles. Llegar a una estación de tren no requiere un esfuerzo tan grande ni un traslado tan largo (suele estar ubicadas en el centro de la ciudad) y pararse al costado de las vías a esperar que llegue el tren es una promesa de que muy pronto te estarás bajando

Quien viaje a Londres por primera vez sentirá un deja-vu, una sensación de estar llegando a un lugar que ya conoce. Es que la capital inglesa tiene un puesto importante en el imaginario popular de los viajeros: cualquiera que escuche rock o brit-pop, que haya visto películas inglesas o disfrute de la literatura británica sentirá que conoce Londres desde siempre, incluso mucho antes de pisarla por primera vez.

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La ciudad es una megalópolis inagotable, una licuadora cultural de personas, ideas, estilos artísticos e idiomas. Y si bien puede parecer inabarcable —tanto por su tamaño como por su variedad y cantidad de opciones— hay muchas maneras de ir conociéndola y disfrutándola de a poco.
La primera vez que vi Londres (en vivo) fue de casualidad: el vuelo que me llevaba de regreso de Praga a Buenos Aires hizo escala en Heathrow, uno de sus aeropuertos, y pude observarla desde el cielo. Verla sin poder pisarla fue un poco surrealista: Londres estaba ahí abajo, como una maqueta de sí misma, y yo no podía hacer más que pegar la nariz a la ventanilla, sacarle fotos con los ojos y desear tener un paracaídas para aterrizar sobre ella. Desde arriba reconocí iconos que había visto varias veces a través de pantallas y en libros: el Big Ben (tal vez, el reloj más famoso del mundo), el London Eye (esa vuelta al mundo que parece pertenecer más a un parque de diversiones que a una ciudad), las curvas del Thames y los puentes que lo atraviesan, las casas bajas y ordenadas

Más de un año después volví a Europa y viajé a la capital inglesa en autobús.  Unir ciudades o países por tierra me parece una de las maneras más interesantes de viajar, ya que permite ser testigo de los cambios de paisaje que ocurren entre
un punto y otro del mapa. Aquella vez entré a Londres sin saber que estaba en Londres: una confusión de horarios me hizo pensar que aún faltaban dos horas para llegar, así que miré por la ventana creyendo que la ciudad que me rodeaba
era otra. Cuando el autobús atravesó calles con casas bajas, restaurantes indios, tiendas de moda y pubs empecé a sospechar; y cuando el primer autobús rojo de dos pisos se cruzó en nuestro camino entendí que el lugar por el que estábamos
pasando era la mismísima capital inglesa.

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Durante mis dos semanas de estadía en Londres fui pasando de vehículo en vehículo, como quien participa de un triatlón urbano. Uno de los primeros lugares que visita cualquier extranjero que llega a la ciudad es, casi sin falta, el
Tube o metro. Londres es inmensa y, si bien es muy cómoda para caminar, el metro es necesario para trasladarse de un punto a otro de la ciudad. Al igual que París, Londres tiene un mundo que se desarrolla bajo tierra: el de las 270
estaciones y 400 kilómetros de vías que recorren la ciudad. Y es un mundo que se convirtió en una de sus marcas registradas: ¿quién no vio alguna vez el cartel redondo, rojo y azul, que marca cada estación? El metro londinense es
protagonista de varios shows de televisión, videoclips y películas; y hay leyendas populares que dicen que está embrujado. Más allá de ser un medio de transporte, es una atracción en sí mismo y el espacio ideal para observar la
mezcla cultural y la rutina de la ciudad.

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Lo malo del metro (al igual que el avión) es que no permite ver lo que hay entre una estación y otra. Para evitar que los barrios o lugares visitados queden en nuestro recuerdo como islas sin relación entre sí, nada mejor que subirse al segundo piso de alguno de los tantos double-decker buses (los autobuses rojos de dos pisos) y dedicarse a mirar por la ventana. Solo así se logra tener un pantallazo un poco más completo e ir llenando el mapa mental de imágenes de la ciudad. Si bien es imposible recorrer una metrópolis de 14 millones de habitantes en un viaje en bus, por lo menos se puede espiar lo que ocurre en barrios como el Soho (uno de los lugares de moda) y Westminster (una ciudad dentro de la ciudad, zona donde está el Palacio de Buckingham y el Big Ben), o ver las luces de Picadilly Circus y Oxford Street, dos de las calles más vivas de la ciudad. Y cuando aparece algo que nos llame la atención, solo hace falta tocar el timbre y bajarse.

No hay mejor manera de conocer Londres (y, en mi opinión, cualquier ciudad del mundo) que caminando. La capital inglesa está llena de detalles y rincones que solo se descubren disminuyendo la velocidad y usando los pies. Hay cientos de rutas temáticas que se pueden hacer a pie, aunque eso ya depende de los gustos y prioridades de cada uno. Una caminata por Shoreditch es ideal para los fanáticos del arte callejero: las paredes y postes están repletos de calcomanías, graffitis, murales y colores. Notting Hill tiene cuadras y cuadras de casas blancas, librerías y mercados; Camden es el centro de cultura alternativa y un desfile de estilos (tanto punk como gótico como hippie…); Hackney tiene una zona de canales y parques que sorprenden a cualquier recién llegado; y para amantes de la música, Los Beatles también dejaron su huella en la ciudad.

_lon_barcoHay que mentalizarse de que por más tiempo que uno pase en Londres (y por más que se suba a todos los medios de transporte disponibles), será imposible ver todo: es la ciudad de nunca acabar. Por eso nada mejor que sacarse esa presión de encima, dejar los planes de lado y caminar bordeando el Thames, dejarse llevar por sus puentes, visitar los museos (en Londres son todos gratuitos), pasear por los parques, perderse en las tiendas, sentarse a escuchar a los músicos callejeros, cruzar Abbey Road y tomarse un descanso en algún bar. O subirse a un barco y conocer la ciudad desde el río. O alquilar una bici y pedalear por ahí. O tomar un taxi y descubrir, por ejemplo, que el taxista también es músico y se dedica a practicar guitarra cada vez que frena en un semáforo. Lo importante no es ver todo, sino estar alerta a las sorpresas que esconde la ciudad. Samuel Johnson, un escritor inglés del siglo 18, dijo: “Cuando un hombre está cansado de Londres, está cansado de la vida, pues allí se encuentra todo lo que la vida puede ofrecer”.

  Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó «Días de viaje» su primer libro de relatos.

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