Los puentes de Budapest

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

La primera imagen de Budapest que me dejó con la boca abierta la vi desde uno de sus puentes. Era casi medianoche, yo había llegado a la ciudad después de varios días de viaje en auto desde Francia y solo quería descansar para poder empezar mi curso de húngaro a la mañana siguiente. Pero la tentación fue demasiado grande. Me dije: “Voy a dar una vuelta cortita y vengo a dormir, no tardaré más de quince minutos”. Quizá quienes nunca la visitaron no lo saben, pero Budapest no es una sino tres ciudades, o mejor dicho, es la unión de Buda, Pest y Óbuda, y nació como tal en 1873, veinticuatro años después de que se tendiera el primer puente entre una orilla y otra del Danubio. Yo me estaba quedando en Buda, que es el lado montañoso de la ciudad, así que bajé en dirección al río y crucé el puente Erszébet (que más tarde bautizaría “el puente blanco”) caminando. No fui capaz de llegar ni a la mitad: la vista me impactó.

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De un lado, el castillo de Buda, alto y silencioso, iluminado con luces naranjas; del otro lado, las construcciones de Pest, con ese mismo tono anaranjado que les daban las luces de los faroles; en frente, el puente de las cadenas, el más antiguo de Budapest; abajo, el Duna (el río Danubio), oscuro y siempre en movimiento. Si bien ya eran más de las doce de la noche, había mucha gente en la calle; pero lo que más me sorprendió fue que había grupos de amigos sentados en los recovecos del puente. Budapest ya me lo estaba adelantando: sus puentes no eran solo lugares de paso sino también puntos de reunión. Me quedé un rato largo pegada a la baranda, mirando hacia todos lados, sabiendo que por más que sacara fotos no podría replicar la emoción que sentí esa primera noche en la ciudad de mis abuelos.

Al día siguiente empecé el curso de húngaro y, a la vez, mi rutina de un mes en la ciudad. No lo hice, pero tendría que haber contado la cantidad de veces que crucé sus puentes durante esas semanas: por lo menos, calculo, de dos a cuatro veces por día. Con el tiempo, además, cada puente fue adquiriendo distintos significados subjetivos. El puente blanco (llamado Erzsébet o Elisabeth en honor a una reina del Imperio Austro-Húngaro asesinada en 1898), con sus terminaciones cuadradas, fue quizá el que más veces transité. El original fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial (como gran parte del centro de Budapest) y reconstruido entre 1961 y 1964. Fue el puente que me demostró lo linda que es Budapest para caminarla: basta con cruzar a Pest y seguir caminando en linea recta para tener un pantallazo de la mezcla arquitectónica de la ciudad. Las formas y los colores de las construcciones son impactantes; y lo bueno es que el mapa no es del todo necesario, ya que uno puede ubicarse usando el Danubio y los puentes de referencia.

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Todas las ciudades con río tienen un puente famoso. En París es el Pont Des Arts, con sus toneladas de candados y promesas de amor enganchadas a las barandas; en Praga es el Karluv Most o Puente Carlos, construido en el siglo 14 por órdenes del rey Carlos IV y hoy repleto de artistas callejeros; en Londres es el Tower Bridge, emblema arquitectónico de la ciudad. En Budapest el reconocimiento se lo lleva el Széchenyi lánchíd o puente de las cadenas, diseñado por William Tierney Clark, un ingeniero inglés, e inaugurado en 1849. Y si bien las cadenas no se ven, los leones sí: hay cuatro esculturas, dos de cada lado, protegiendo las entradas del puente. Para mí, entonces, este fue el puente de los leones y el que elegípara pasar largos ratos sentada escribiendo y mirando el Danubio.

El Szabadság híd o puente de la libertad quedó en mi memoria como el puente verde de las bicis. Varias veces me quedé parada en una de sus entradas y me puse a mirar las bicicletas que cruzaban a toda velocidad y los tranvías amarillos que lo atravesaban de punta a punta en segundos. El puente tiene cuatro estatuas de bronce del turul, un ave de la familia de los halcones, muy importante en la mitología húngara antigua. Fue construido en 1894 e inaugurado con la presencia del Emperador Franz Joseph de Austria. Otro recordatorio de que en esta ciudad todo tiene historia.

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El Margit híd o puente Margaret tiene tres salidas: a Buda, a Pest y a Margitsziget o la isla Margaret, un espacio verde urbano ubicado en medio del Danubio. Y este puente, sin planearlo, lo crucépero por abajo. Una de las características que más me gustan de las ciudades con río es que el transporte público también va por el agua: hay líneas de metro que cruzan por túneles subacuáticos y hay barquitos que recorren la ciudad a través del Danubio. Una tarde me subía uno y me dejéllevar hasta el final del recorrido. Desde la borda, sentada en una silla, pude ver las dos orillas de Budapest a la vez (a veces no sabía para qué lado girar la cabeza): para allá, el castillo de Buda y la Iglesia de Matías, para el otro lado, construcciones monumentales, para allá, las casas sobre los montes, para el otro lado, la ciudad plana, y para allá, a lo lejos, el Parlamento, una de las construcciones más impresionantes de la capital húngara, una de esas obras que uno no puede parar de mirar.

Budapest, toda, es eso: una de esas obras de arte de la que uno no puede despegar la mirada, ni aunque lo intente. Decidí pasar mi última tarde de domingo en la ciudad, caminando a orillas del Danubio, y elegí hacerlo del lado de Pest. Intenté desandar los pasos de mi abuelo, que alguna vez habitó esta ciudad y dejó obras y diseños arquitectónicos por todas partes. Pensé en su vida, en su rutina, en los lugares a los que habrá do, en los huecos en los que se habrá sentado. Y lleguéa la conclusión de que si bien nunca podrésaber por qué calles caminó, sí puedo estar segura de una cosa: mi abuelo también cruzó los puentes de Budapest. Y así, esas estructuras que unen dos orillas y tres ciudades también se convirtieron en mi lugar de encuentro imaginario con mis antepasados.

  Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó «Días de viaje» su primer libro de relatos.

7 comentarios

  1. Me emocionaron los comentarios sobre Budapest porque es uno de mis sueños visitarla junto con Praga y Viena. Mis antepasados son italianos (lo delata mi apellido) pero no sé por qué estas ciudades ejercen tanto influjo sobre mi. Quisiera pronto (tal vez con condiciones mas favorables a nivel cambiario…) decir que cumpli con el sueño!!!!

    1. María Teresa seguro vas a poder cumplir tu sueño, solo debes organizarte y ponértelo como meta. Cuando lo hagas no dudes en escribirnos para que nos cuentes que tal, verás lo lindo que será. Gracias por escribir, saludos

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