Un paseo por la Provenza

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

Pensá en campos de lavanda. Pensáen los perfumes, en los jabones violetas, en las bolsitas con flores secas que aromatizan la ropa. Pensáen casitas de colores sobre una colina frente al mar Mediterráneo. Pensáen un mar turquesa, tranquilo. Pensáen una picada de quesos y vino. Pensáen las panaderías y cafecitos a la calle, en las torres de macarons de todos los sabores, en las construcciones de piedra, en las ventanas de colores, en las calles angostas y en las plantas y flores cubriendo los frentes de las casas. Pensáen los paisajes de Van Gogh y de Cézanne. Pensáen colores pasteles. Todas esas imágenes que estás viendo en tu cabeza —quizá lo sepas, quizá no—están en la Provenza de Francia.

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Cuando mi prima Flavia, a quien no veía hacía meses, me avisó que estaba en Europa y me propuso hacer un viajecito con ella y sus amigas por la Provenza francesa dije que sí sin pensarlo. Yo recién volvía de una vuelta por Islandia y estaba en Francia sin un plan concreto. En realidad, confieso, mi plan era pasar el verano en un solo lugar y quedarme quieta por unas semanas, pero cuando surgióla oportunidad de un road-trip por esa región del sur de Francia (entre los Alpes, el Ródano e Italia) no pude negarme. Hacer realidad todas esas postales que tenía en mi cabeza era demasiado tentador.

Hicimos base en Antibes, una ciudad en la Costa Azul, ubicada en la ruta que va de Cannes a Niza, y durante una semana nos dedicamos a recorrer los pueblitos y ciudades cercanas en auto. Ir por la ruta ya era un viaje en sí: a veces manejábamos al lado del mar, a veces nos metíamos en las curvas de alguna montaña, otras veces veíamos los techos de un pueblito a lo lejos, todo enmarcado por campos muy verdes y un cielo muy azul. Cada pueblo al que llegábamos, a su vez, era una sorpresa.

Nuestra primera parada fue Aix-en-Provence, ciudad famosa por sus fuentes de agua, por ser el hogar de Cézanne y por (según nosotras) tener los macarons más ricos. Parecen alfajorcitos pero no lo son: están hechos a base de almendra y rellenos de todo lo que se les pueda ocurrir (pistacho, chocolate, café, frutas, licores, helado).Como buenas amantes de lo dulce, durante todo el viaje hicimos degustación de la patisserie francesa, y las cuatro damos fe de que no volvimos a probar macarons tan ricos como los que encontramos en una tienda de Aix. Lo bueno de esta ciudad (y de la gran mayoría de las ciudades y pueblos de Francia, o tal vez de Europa) es que el centro se puede recorrer a pie. Aix, que también es reconocida por su arquitectura, me parecióun lugar de espacios amplios (en comparación con los pueblos que visitaríamos después) y de calles no muy angostas. Y al mirar hacia arriba aparecía esa imagen tan típica de esta parte de Europa: decenas de ventanitas una al lado de la otra, algunas con balcones, otras con flores, otras vacías, y casi todas abiertas.

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Nuestra segunda parada, al día siguiente, fue Grasse. Este pueblo es reconocido por varias cosas: fue el lugar de nacimiento del pintor francés Jean-HonoréFragonard, fue el lugar donde murióla cantante Édith Piaf, es uno de los escenarios de la novela El perfume (de Patrick Suskind) y de la película basada en el libro, y es, desde hace siglos, la capital mundial del perfume. Gracias a su microclima y a la abundancia de agua para irrigación, Grasse tiene el terreno ideal para el cultivo de flores, especialmente jazmines. Muchas grandes “narices”estudiaron en Grasse y son capaces de distinguir 2000 aromas distintos. Pero si bien el perfume parece ser el atractivo principal de este pueblito, hay, para mí, otra joyita para no dejar de ver: su centro. Las callecitas angostas, los arcos y los pasadizos me hicieron sentir, durante un rato, en alguna medina árabe.

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Unos días después, el camino nos llevóa Saint-Paul-de-Vence, uno de los pueblos medievales más antiguos y mejor conservados de la Riviera francesa. Con solo verlo de lejos ya nos gustó: desde la ruta se veía un pueblito de piedra amurallado, sobre la cima de una montaña. Pasamos el día caminando por sus callecitas, subiendo y bajando escaleras y descubriendo arte por todos lados. Es que Saint-Paul es una de las mecas del arte: hay galerías, estudios, ateliers, cuadros al aire libre, techos pintados, buzones con dibujos, ventanas con objetos de diseño, flores puestas como para una postal…¡hasta los platos de comida combinan los colores y las formas! Y todo estáconstruido con piedra. Es fácil entender por quétantos artistas eligen este pueblito como lugar para vivir: debe ser imposible no inspirarse con esas vistas.

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Dicen que uno tarda más en conocer lo que tiene cerca, y puede que sea cierto. Pasamos una semana en Antibes y le dedicamos los primeros y, sobre todo, los últimos días. Y quélinda sorpresa: me parecióuna de las ciudades más agradables y encantadoras, un lugar en el que podría instalarme una temporada a escribir frente al mar. Tiene las típicas casitas mediterráneas, las calles angostas, el mercado de frutas y verduras frescas, las flores decorando los frentes de las casas, las bicicletas estacionadas en las esquinas y un mar transparente y tranquilo. Si bien no pudimos ver los campos de lavanda (llegamos un poco antes de tiempo) y nos faltaron un montón de pueblos por conocer, aquel viaje por la Provenza francesa quedó en mi memoria como uno de los más lindos que hice por Francia.

  Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó «Días de viaje» su primer libro de relatos.

4 comments

  1. QUE LINDO CONOCER LUGARES ASI!!!. ME ENCANTARIA!!!!!!!, UNO A VECES NO SABE NI POR DONDE EMPEZAR…………….. YO SUPONGO QUE SERÁ CUESTION DE ORGANIZARSE…GRACIAS ME ENCANTARON LOS RELATOS

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