Cómo me amigué con Munich y el Oktoberfest

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

Munich y yo empezamos con el pie izquierdo. Fue mi culpa. Yo no había elegido ir a conocerla, sino que el azar (o más bien, mi papá) había decidido que viajar a Munich sí o sí, y en una fecha complicada. Mi mamá y mi papá habían venido a visitarme a Europa y estábamos a punto de terminar un viaje de tres semanas por Hungría, República Checa y Alemania. Mi papá había sacado el pasaje de vuelta desde Munich —“vale la pena conocerla, es una de las ciudades más importantes del mundo”, me dijo—y si bien yo no volaba a Argentina con ellos, planeaba acompañarlos hasta el final de su viaje as íque también estaba destinada a ir a Munich.

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Cuando, unos días antes del vuelo, nos pusimos a buscar alojamiento nos dimos cuenta de que había un problema: íbamos a estar en Munich durante el Oktoberfest. Traducción: íbamos a viajar a Munich junto con otros seis millones de turistas (en una ciudad de un millón y medio de personas) y todo iba a estar lleno e iba a ser carísimo. Mis ganas de conocer la ciudad disminuían cada vez que veía los precios, el Oktoberfest no me llamaba la atención y ya le tenía un poco de bronca al asunto sin siquiera haber llegado. Era injusto de mi parte, sí, pero hacía un año que no paraba de moverme por Europa, estaba cansada y quería disfrutar los últimos días con mi familia sin estrés. Las grandes masas de gente nunca fueron lo mío.

Antes de viajar a Munich no tenía idea de cómo era la ciudad físicamente. Sabía los datos enciclopédicos: es la tercera ciudad más grande de Alemania después de Berlín y Hamburgo, es la capital de la Baviera, es un centro cultural, artístico y científico desde el siglo 19, es una de las ciudades más prósperas de Alemania y una de las ciudades con mayor calidad de vida del mundo. Cómo interpretómi cerebro todo eso: seguro que es un lugar aburrido, gris y lleno de edificios. Munich, ahora que te conozco te pido perdón por pensar así.

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Llegamos a Munich en auto y, como nuestro alojamiento estaba casi del otro lado de la ciudad, la atravesamos de punta a punta. No paréde repetir, con la frente pegada a la ventana: “¡Quélinda que es esta ciudad, por favor!”. Nada que ver con lo que me había imaginado. Tenía casas bajas y de colores (por momentos, la disposición tan prolija y alineada me recordaba a Londres), un montón de espacios verdes (algunos enormes, con lagunas en el medio, y otros solamente formados por filas de árboles), cafecitos a la calle, mucha gente andando en bicicleta y, lo que más me sorprendió, familias vestidas con la ropa tradicional de Baviera (el Lederhosen para ellos y el vestido Dirndl para ellas). Era domingo y al parecer todos iban al mismo lugar: el Theresienwiese, la explanada donde se estaba celebrando el Oktoberfest.

Durante la primera tarde caminamos por el Marienplatz (el centro de la ciudad desde 1158) y por el resto del centro histórico. Como le debe pasar a muchos que la visitan por primera vez, la arquitectura de Munich me impactó: la combinación de colores, la mezcla de estilos, las terminaciones, los detalles, las figuras talladas, la predominancia del verde y del rojo…Nos quedamos un largo rato mirando las figuras góticas del Rathaus, el antiguo ayuntamiento, y subimos a varias torres para poder apreciar Munich desde arriba. Lo que más me sorprendiófue saber que una ciudad tan bien conservada y con una atmósfera cargada de historia fue tan bombardeada durante las guerras mundiales. Al rato empezóa llover: algo, al parecer, bastante normal para esta ciudad que estátan cerca de los Alpes. Abrimos el paraguas y seguimos recorriendo.

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Al día siguiente me encontrécon una amiga argentina y, gracias a ella, me reconciliécon el Oktoberfest: “No podés perdértelo, es un evento único en el mundo”. Asíque fuimos (y cómo me alegro). El Oktoberfest no es solo una fiesta dedicada a tomar cerveza artesanal, es también una feria de look ochentoso, repleta de juegos, montañas rusas, autitos chocadores, osos de peluche, dulces y atracciones de circo. El festival nacióen 1810 en honor al matrimonio entre el Príncipe Ludwig y la Princesa Therese de Saxe-Hildburghausen. Los ciudadanos de Munich fueron invitados a celebrar el evento en lo que hoy es el Theresienwiese, se hizo un desfile para los recién casados y la gente de Baviera asistióvestida con su ropa típica. En 1881 abrieron los primeros puestos de venta de salchichas y en 1892 se empezóa servir cerveza. A fines del siglo 19 aparecieron los patios cerveceros y los músicos en vivo y Oktoberfest se convirtió en lo que es hoy.

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La fiesta dura 16 días y atrae a millones de personas de Alemania y Europa. Como nosotras fuimos un lunes, había menos gente que durante la marea del fin de semana, asíque después de probar algunos juegos decidimos pasar la tarde en uno de los lugares más emblemáticos del Oktoberfest (y de Munich): una de las carpas ambientadas como patio cervecero. En el festival solo se puede servir cerveza que cumplan los requisitos del Reinheitsgebot o la “ley de la pureza de Baviera”y que sea elaborada dentro de Munich. Por eso en el festival solamente hay seis fábricas de cerveza que sirven su producto en vasos de litro. Cuando por fin me relajéy me vi sentada en una mesa larguísima, compartiendo cerveza artesanal con una amiga, brindando con todos los que estaban sentados cerca y disfrutando de la música en vivo, me di cuenta de que me había amigado con la ciudad y con su festival más famoso. ¡Salud, Munich!

  Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó «Días de viaje» su primer libro de relatos.

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