Viaje lento por Nicaragua

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

 

Si uno cambia el chip mental puede hacer que el tiempo avance más lento en cualquier lugar del mundo: es cuestión de situarse en el presente, ser consciente de cada cosa que pasa y así ensanchar los días. Pero hay pueblos, ciudades y países que ya de por sí tienen otro ritmo vital, lejos del acelere con el que asociamos al mundo actual. Nicaragua es uno de ellos.

 

Nuestro viaje empezó en la frontera. Cruzamos desde Costa Rica por tierra y enseguida se nos acercaron taxistas para ofrecernos transporte hasta los pueblos cercanos, algo común en las fronteras latinoamericanas. Decidimos prescindir de la velocidad, para nosotras innecesaria, de los taxis y nos subimos a los buses amarillos para ir hasta San Juan del Sur, un pueblo en la costa del Pacífico. Éramos dos, mi amiga Belén y yo, y no teníamos apuro.

 

Cuando nos subimos al primer colectivo aprendimos que en Nicaragua el transporte público está conformado por ex buses escolares estadounidenses, pintados y tuneados al estilo del conductor. Algunos siguen siendo amarillos, otros tienen varios colores, hay algunos con fotos del Che Guevara y otros con frases escritas en el frente. Nos subimos al que sería el primero de muchos y dejamos que nos lleve por el clima caluroso y los paisajes verdes. En alguna parada subieron mujeres vendiendo comida, dulces y bebidas. Algunas nenas curiosas nos preguntaron de dónde éramos y si nos gustaba su país.

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San Juan del Sur no estaba lejos de la frontera. Llegamos, dejamos las mochilas y salimos a caminar. Estábamos en Nicaragua hacía pocas horas, pero ya sentíamos algo: tranquilidad. El pueblo tenía casas bajas y coloridas; el mar nos hipnotizó e hizo que nos quedemos casi toda la tarde cerca de él, mirándolo. San Juan del Sur, con su aspecto silencioso, había sido uno de los puertos más importantes durante la fiebre del oro de Estados Unidos en el siglo 19. En el 2004, el cantante Enrique Bunbury le dedicó unas estrofas en su canción En la pulpería de Lucita: “Es una canción para Lucita. Espérame en la playa en San Juan del Sur”. Según mi experiencia, es un buen lugar para pasar una espera.

 

Leyendas de Ometepe

 

“Todas las vacas que viven en la isla eran hombres que, por no cumplir un trato con Chico Largo, fueron transformados en animales. ¿Vio cuántas que hay?”, nos preguntó Levi mientras nos servía un plato de pescado con arroz, papas y ensalada. Belén y yo habíamos cruzado en barco a Ometepe, una isla volcánica ubicada en el Gran Lago de Nicaragua, el lago tropical más grande de América. Nos habíamos sentado a comer y, además de un plato típico, nos habían servido una leyenda. “Chico Largo fue un hombre que vivió cerca de la Laguna Verde, en otra zona de la isla. Dicen que hizo un pacto con el diablo para echar a los militares somocistas que se habían instalado aquí durante la revolución. Una noche apareció disfrazado de toro y así los espantó. También hizo pactos con los hombres y a quienes no cumplieron su parte los convirtió en vacas, lagartijas y peces”, dijo Levi. Mientras tanto, a pocos metros, una vaca masticaba pasto con lentitud.

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Vista desde el cielo, la isla de Ometepe tiene forma de ocho. Está formada por dos volcanes: el Madera, de 1394 metros de altura y extinto hace ocho siglos, y el Concepción, de 1610 metros y aún en actividad. Ambos eran considerados sagrados por los antiguos habitantes de la isla, civilizaciones precolombinas como los aztecas, los mayas y los toltecas, entre otras. La leyenda dice que Ometepe nació gracias a la historia de amor entre dos jóvenes de tribus enfrentadas: ambos eran perseguidos por sus padres y decidieron morir juntos, a pocos metros uno del otro. De la india Ometepetl nació Ometepe y del príncipe Nagrando nació la isla Zapatera, también en el lago.

 

Belén y yo pasamos unos días recorriendo la isla en bus público, caminando por las fincas, escalando uno de sus volcanes y disfrutando la playa de río. Nadamos en el Ojo de Agua, una pileta natural rodeada de vegetación, y seguimos escuchando leyendas. La dueña del hostal nos contó acerca de la laguna que existe en el interior del volcán Madera: “Una noche, una esfera de luz blanca salió del interior del volcán, iluminó la cumbre, se elevó y desapareció en las nubes. La vimos en toda la isla”. Tiempo después supieron que no había sido causada por un movimiento sísmico y le adjudicaron el hecho a Chico Largo.

 

Ciudades cruzadas

 

Nuestras últimas dos paradas fueron Granada y León, las dos ciudades coloniales del país, tan hermanas como rivales. Si bien están ubicadas a 140 kilómetros de distancia, sus historias están tan entrecruzadas que así quedaron también en mi memoria: juntas. Ambas fueron fundadas en 1524 por el conquistador español Francisco Hernández de Córdoba y fueron los primeros asentamientos coloniales en Centroamérica. No hay que hacerle caso al que diga que con visitar una es suficiente: hay que conocer las dos.

 

Durante el siglo 17, Granada fue uno de los puertos más importantes de Centroamérica. La riqueza generada por el comercio provocó un auge económico en la ciudad y, a la vez, Granada se convirtió en el centro más importante del Partido Conservador. León, mientras tanto, fue nombrada capital de la colonia y se convirtió en un centro cultural, intelectual y religioso. Además, pasó a ser la sede del Partido Liberal de Nicaragua. A mediados de 1850, ambas ciudades se enfrentaron en una guerra civil a causa de sus diferencias económicas e ideológicas. La capital se trasladó de una a otra hasta que fue establecida en Managua, ciudad intermedia.

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Granada es colorida y reconocida por su arquitectura colonial. Sus colores característicos son el amarillo, el rojo y el bordó. Tiene calles tranquilas, mercados en las veredas y un aire español. León es conocida como la ciudad de poetas y locos. También es tranquila y amigable, y tiene la historia reciente del país grabada en las paredes y en la memoria de sus habitantes. Hay banderas e iconografía sandinista, el Museo de la Revolución tiene recortes de diario de los años 70 y 80, hay cascos y granadas que pertenecieron a la Guardia Nacional y fotos que muestran imágenes de la guerra. Ambas son piezas fundamentales en el rompecabezas que es Nicaragua. Un país que, en mi recuerdo, quedó como uno de los más amables.

  Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó «Días de viaje» su primer libro de relatos.

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