Las intersecciones de Panamá

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

Cuando supe que tenía dos opciones para cruzar de Colombia a Panamá, por barco o por avión, elegí hacerlo por agua. Si bien ambos países están unidos por tierra, el paso está tapado por la Selva del Darién, una de las más peligrosas del mundo: quien quiera cruzar de Sudamérica a Centroamérica por ahí, lo hace a su propio riesgo. Ir de un punto a otro en avión me parecía demasiado rápido, así que opté por las cuarenta y ocho horas de navegación y las tres noches de yapa en el Archipiélago de San Blas . Mi primer contacto con Panamá fue a través de la cultura guna, el grupo indígena que habita ese conjunto de 365 islas cerca de la costa del Caribe panameño. Y si bien me pareció otro mundo, a la vez fue un adelanto de lo que me esperaría en Panamá: una variedad de culturas, personas y paisajes.

Mi segunda parada —o primera en tierra firme— fue del otro lado, en la costa del Pacífico: Ciudad de Panamá, la capital del país, me pareció un lugar de contrastes agradables. Me quedé en el Casco Viejo, la zona antigua de la ciudad, establecida en 1673 y declarada Patrimonio de la Humanidad en 1997. Salí a caminar, a pesar de ese calor tropical que no suele combinar bien con las grandes ciudades, y encontré construcciones de estilos distintos, una al lado de la otra: coloniales, caribeños, franceses, modernistas, así como monumentos, iglesias, fuentes y plazas. Vi a mujeres guna vendiendo sus molas, y recordé que una de ellas me había contado que de vez en cuando viajaban de su archipiélago a la ciudad para vender sus productos y comprar los hilos para poder fabricar más.

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Caminando por la zona antigua llegué a una bahía un poco escondida, y lo que vi fue la postal que me quedó grabada de esa ciudad: cerca mío, una construcción de piedra, antigua, con escaleras y arcos, y una balsa amarilla estacionada en la costa; a lo lejos, en el fondo, una fila de edificios blancos, altísimos, modernos, alineados contra la costa del mar. Era la zona moderna de la ciudad, esa que muchos llaman la Miami de Centroamérica. Así que me subí a uno de los buses públicos y, con música de fondo, fui a conocer el lado B de Ciudad de Panamá. La capital es, también, uno de los centros financieros, económicos, culturales y gastronómicos más importantes de la región.

Al día siguiente fui a ver, cara a cara, una de las obras de ingeniería que más curiosidad me generaba: el Canal de Panamá. ¿Cómo era eso de que los barcos podían cruzar el continente a través de un camino construido por el hombre? ¿A quién se le había ocurrido unir dos mares a través de un canal que pasara por medio de un país? ¿Tendría la suerte de ver un cruce en vivo? El Canal de Panamá se inauguró en 1914 después de varios intentos, escándalos y accidentes. Va del Atlántico al Pacífico, mide ochenta kilómetros de largo y entre noventa y trescientos de ancho, y permite acortar la distancia y el tiempo de cruce de un océano a otro.

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Tomé un bus hasta las Esclusas de Miraflores, una de las tres esclusas del Canal, y tuve la suerte de ver cómo cruzaban un barco de un lado a otro. Como los océanos tienen distintas alturas —el Pacífico es un poco más alto que el Atlántico— los barcos tienen que ser nivelados para pasar de uno a otro. Las esclusas se encargan de subir o bajar el agua, por etapas, para que el barco cruce de manera fluida. Todos los que pasan por ahí tienen que pagar peaje: la tarifa promedio es de 54 dólares, la más cara fue de más de 317 000 dólares y la más barata de 36 centavos de dólar. Esta última la pagó Richard Halliburton, un nadador que atravesó el Canal en diez días.

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Mi viaje por Panamá fue más corto de lo que me hubiese gustado. Como no me quedaba mucho tiempo, decidí elegir una última parada antes de pasar a Costa Rica. Todos hablaban de Bocas del Toro y las fotos de islas y palmeras sobre un mar transparente me convencieron. Así que, al igual que para empezar, elegí terminar mi paso por Panamá en un archipiélago. Viajé por tierra hasta Almirante y ahí me subí a una embarcación local que me llevó hasta la isla principal. Fueron pocos días los que pasé ahí, pero los aproveché bien: nadé en el mar caribeño, conté estrellas de mar, leí en hamacas paraguayas y hasta formé parte, sin planearlo, de una de las procesiones religiosas más curiosas: tuve que atravesar una gruta repleta de murciélagos en honor a una imagen de la Virgen que estaba puesta en la entrada. Fue mi despedida inesperada de Panamá, un país lleno de contrastes y cruces culturales.

  Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó «Días de viaje» su primer libro de relatos.

6 comentarios

  1. Me resulta muy entretenidos y dinámicos los comentarios de Aniko, además de ser muy motivadores para todos los que amamos viajar por el mundo.
    Éxitos

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