La tranquilidad de Laos

 

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

Cuanto más lejos estamos de una región del mundo, más nos cuesta imaginarnos las diferencias entre un país y otro. Es lo que me pasaba con el Sudeste Asiático antes de viajar: si bien sabía qué países lo conformaban, sentía que todo era más o menos igual. Como no tenía imágenes previas de cada lugar, pensaba que me encontraría con variaciones de lo mismo. Cuando llegué me di cuenta de lo equivocada que estaba: cada país era un mundo distinto. Y Laos, en particular, fue uno de los que más me sorprendió.

Cuando uno hace un viaje largo por varios países es difícil no hacer comparaciones. Después de haber pasado unos veinte días en Vietnam, un país repleto de movimiento, sonidos, motos y gente, cuando crucé a Laos lo primero que sentí fue una calma total. Hice el cruce por tierra desde Dien Bien Phu (Vietnam) y el traspaso de frontera fue muy marcado: en Laos había muchos más caminos de tierra, el paisaje era más rural y había menos gente. Además, el silencio era envolvente y había sonrisas por todas partes. Enseguida me sentí bien.

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Mi primera parada fue Muang Khua, una aldea en el norte a la que llegamos en una canoa a motor. Hice el cruce desde Vietnam con un grupo de ingleses, suizos y alemanes y como hubo buena onda seguimos viajando juntos unos días más. Nadie tenía mucho plan y Muang Khua nos gustó, así que frenamos ahí. Ese día empecé a enamorarme de Laos. La aldea no era turística —el país, en general, es de los menos turísticos del Sudeste Asiático— y la gente nos recibía con saludos y sonrisas, algo que se repitió en todas las paradas. Los caminos eran de tierra, había mercados en la calle y uno de los grandes atractivos del lugar era el puente colgante que cruzaba de una orilla a otra sobre el río Nam Ou. Laos, me di cuenta, no era tanto para hacer, sino para estar.

Volvimos a subirnos a una canoa a motor que nos llevó río abajo hasta Muang Ngoi, otra aldea en las orillas en la que también pasamos algunos días. En aquel momento, esa aldea todavía no era accesible por tierra ni tenía electricidad. Había una calle principal, de tierra, donde cada mañana las familias se reunían a tomar el desayuno antes de que los chicos se fueran al colegio. Ahí me encontré con una costumbre de Laos que me gustó mucho: los buffets de comida en la calle, un montón de fuentes con preparaciones distintas de las que, por un precio no muy alto, te podías servir todas las veces que quisieras. Laos me parecía un lugar de otro tiempo.

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En Luang Prabang me despedí del grupo y me reencontré con amigos argentinos y españoles. Sentía que, a medida que iba conociendo lugares nuevos, el país se volvía más y más lindo. Luang Prabang es la joya de Laos: fue su capital durante varios siglos y también parte del protectorado francés, así que la mezcla de arquitectura se veía en cada esquina. Hoy es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y es un lugar donde se puede ver cómo es el día a día de un país budista. Todos los días, a las seis de la mañana, los monjes caminan en fila por el centro del pueblo mientras la gente local les ofrece, de rodillas, comida. Durante el día se pueden visitar los templos y palacios y, de noche, caminar por los mercados callejeros y comer en los buffets al aire libre.

Me habían dicho que Vientiane era una capital muy tranquila, pero no me esperaba tanta paz. Está sobre el río Mekong y también fue parte del protectorado francés, así que la mezcla arquitectónica sigue presente. Las capitales, en mi opinión, son un reflejo de la idiosincrasia del país, y Vientiane es la prueba de que Laos es un país con mucha calma. Lo mejor que se puede hacer ahí es pasear a orillas del Mekong, saludar a la gente y mirar el atardecer en compañía de una BeerLao, la marca de cerveza más conocida del país. El Buddha Park, un parque con esculturas budistas e hinduistas, también es un lugar interesante para pasar unas horas.

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Dicen que Laos es el país olvidado del Sudeste Asiático. Cuanto más al sur, menos extranjeros se ven. Pasé mis últimos días entre Tha Khaek y Savannakhet: en Tha Khaek estuve dos días y en Savannakhet quise quedarme para siempre. Hay cosas que son inexplicables: llegué a esa ciudad tranquila, de paredes descascaradas, casas rotas, chicos jugando en las calles, gente vendiendo comida en las veredas, templos dorados y gente amigable y me terminé de enamorar del país. Muchos me habían dicho que Laos era aburrido porque no había nada para hacer: pero ahí, en mi opinión, estaba su encanto.

  Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó “Días de viaje” su primer libro de relatos.

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