Chile: de Santiago a San Pedro de Atacama

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

Durante mucho tiempo, viajar a Chile no estuvo entre mis prioridades. No porque no me interesara, sino por eso que suele pasarme con lo que está cerca: siento que puedo ir en cualquier momento y al final siempre lo dejo para más adelante. La última vez que salí de Buenos Aires para hacer un recorrido largo por Sudamérica decidí incluir a Chile en mi plan de ruta. No podía ser que, después de cinco años viajando por el mundo, todavía no conociera a uno de mis vecinos. Era el momento de ir a visitarlo.

 

Crucé a Chile desde Mendoza, por la Cordillera de los Andes, después de un viaje por tierra de tres semanas por el centro de Argentina. Era primavera, pero allá arriba, en una oficina de migraciones ubicada a varios miles de metros sobre el nivel del mar, se veía la nieve sobre las montañas y se sentía el aire frío. Hice gran parte del viaje por Chile a dedo, lo que hizo que el azar estuviese involucrado en muchas de las decisiones. El día del cruce de frontera, por ejemplo, viajé con una pareja mendocina que iba hasta la costa del país, así que terminé durmiendo en una casa, la de ellos, al lado del mar, sin haberlo planeado.

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El verdadero punto de partida del recorrido por Chile fue Santiago. De ahí decidí ir en línea recta hacia el norte para luego cruzar a Bolivia, así que me quedó pendiente la región de la que todo el mundo me habló: el sur. En la capital chilena me recibió mi amiga Jose, una chica que conocí durante otro de mis viajes, y un montón de detalles que le dieron forma a mis días en la ciudad: los hot-dogs con palta, los pianos puestos en las calles para que cualquiera se sentara a tocar, el arte callejero de algunos barrios, las frases de Acción Poética pintadas en las paredes, los parques bien cuidados, los músicos callejeros que salían al atardecer, las casas bajas pintadas de colores, Neruda y sus versos.

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La Chascona, ubicada en la comuna de Providencia, en Santiago, fue una de las tres casas de Pablo Neruda en Chile. El poeta vivió ahí hasta su muerte junto con Matilde Urrutia, a quien apodó la chascona por su gran cabellera rojiza. La casa fue declarada monumento nacional en 1990 y hoy es un museo que alberga las colecciones de libros, caracoles, botellas y otros objetos del autor. Neruda eligió bien sus hogares: otra de sus casas, La Sebastiana, está ubicada en el cerro Florida, en Valparaíso, y tiene vista al mar. La compró en 1959, cuando dio por terminada su búsqueda de una casa en Valparaíso “que pareciera flotar en el aire, pero que estuviera bien asentada en la tierra”.

 

Me habían hablado mucho de Valparaíso, pero no tanto de sus atractivos turísticos, sino de su atmósfera relajada. Esa ciudad portuaria de Chile está hecha para caminar sin rumbo, para subir y bajar cerros, para sentarse en bancos a mirar el mar, para reunirse a tomar terremoto con amigos o con extraños, para contar cuántos gatos hay en las ventanas, para hacer una colección visual de murales y graffitis, para meter los pies en el mar, para sentir la sal que flota en el aire, para disfrutar de la lentitud de los viajes. A pocos kilómetros de la ciudad está la Casa de Isla Negra, la tercera vivienda de Neruda, su preferida, donde pasó la mayor cantidad de tiempo. La casa tiene forma de barco: techos bajos, pasillos angostos, piso de madera que cruje, y cada habitación tiene una colección de botellas, mapas, caracoles y mascarones de proa.

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De Valparaíso viajé a Coquimbo, ciudad portuaria en la que pasé unos días e hice base para ir a conocer el Valle de Elqui, uno de los lugares, según me dijeron, más místicos de Chile. El valle es una región muy propicia para el cultivo de uvas y la producción de pisco. Además, tiene uno de los cielos más claros y visibles del hemisferio sur, por lo que varias organizaciones internacionales instalaron observatorios astronómicos en las cumbres de los cerros y muchos lo consideran un polo energético asociado con el avistamiento de ovnis. Yo no vi ninguno, pero pasé unos días de calma absoluta en pueblitos con calles de tierra.

 

La última parada de mi viaje por Chile también fue mística, aunque un poco más turística que las demás. Me quedé unos días en San Pedro de Atacama, el pueblo que hace de puerta de entrada a uno de los desiertos más grandes y áridos del mundo. Ahí cumplí otro de mis sueños: hice un tour astronómico y vi uno de los cielos más estrellados e impactantes de mi vida. Crucé a Bolivia pero no me despedí de Chile del todo: tengo que volver, me queda un viaje pendiente por el sur. Y según me contaron, es otro mundo.

  Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó «Días de viaje» su primer libro de relatos.

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