Tres visitas a Singapur

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

La primera vez que viajé a Singapur estaba empezando mi recorrido por el sudeste asiático y la ciudad-estado era mi punto de partida para volar a Indonesia. Crucé por tierra desde Malasia y lo primero que me llamó la atención fue el orden: en Singapur no hay nada puesto al azar, incluso los carritos de comida tienen sus reglas de ubicación. Después me sorprendió la limpieza, no solo en comparación con Malasia o Tailandia, los países de los que venía, sino con el resto del mundo en general. No se veían colillas de cigarrillos, ni servilletas, ni restos de algún boleto tirados en las veredas. No había basura en ninguna parte. Daban ganas de caminar descalza de no ser por un detalle que no sale en las fotos: en Singapur hace mucho, mucho calor.

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La Ciudad de Singapur es la capital del país del mismo nombre, por lo que se lo considera una ciudad-estado. Es el país más chico del sudeste asiático y uno de los más nuevos: en 1965, Singapur fue expulsado de la Federación de Malasia, de la cual formaba parte, y se convirtió en un país independiente en contra de su voluntad. Hoy se lo considera uno de los más competitivos e influyentes y con mejor calidad de vida de Asia y del mundo. Está ubicado sobre el ecuador y, al igual que Malasia, su población es multicultural: de sus cinco millones de habitantes, dos millones son extranjeros, y de los nativos, tres cuartos son chinos y el resto minorías de malayos, indios y euroasiáticos. En términos prácticos, esto significa que hay muy buena comida, muchos festivales religiosos y culturales y varios idiomas hablados en las calles, a veces en una misma oración.

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En Singapur debe haber, además, más prohibiciones por habitante que en cualquier otra parte del planeta. Y multas, también. Entre los carteles que vi, encontré: “Prohibido cruzar la calle por fuera de la senda peatonal”, “Prohibido darle de comer a las palomas”, “Prohibido dejar propina”, “Prohibido orinar en el ascensor” y “Prohibido escupir”. Hay multas de más de mil dólares por tirar papeles al piso, está prohibido comer durian (una fruta tropical muy olorosa) en el metro y es ilegal entrar al país con chicle. Las tiendas de souvenirs se divierten vendiendo imanes que dicen “Prohibido bailar sin licencia” con la silueta de John Travolta. A pesar de tantas reglas y limitaciones, la ciudad es amigable y hay mucha vida en las calles. La gente se reúne afuera a charlar, a comer, a jugar al ajedrez o a festejar algo.

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La segunda vez que visité Singapur fui solo por dos días. Tenía que tomar un vuelo desde su aeropuerto y decidí ir un poco antes por dos motivos: para tomarme un respiro de las calles abarrotadas y a veces caóticas de Indonesia y para probar todos los platos que pudiera. Singapur es uno de los paraísos gastronómicos de Asia: el secreto está en su variedad. Es difícil no escuchar la palabra makan, que en malayo significa comer: en Singapur cualquier excusa es buena para juntarse a comer y el puesto de comida más cercano siempre está a pocos metros. La cocina más representativa de esta región es la Peranakan o Nonya, que es la mezcla de platos malayos y chinos. El laksa es una de las sopas más populares: noodles en un curry de coco con camarones, muy picante. Dentro de la gastronomía india, el roti prata es uno de mis preferidos: un panqueque que se sirve con curry al costado.

 

La tercera vez que volví a Singapur me dediqué a caminar. Más del cincuenta por ciento del país son áreas verdes, hay más de cincuenta parques y cuatro reservas naturales, así que Singapur parece una ciudad construida en un bosque tropical. Es el único lugar del mundo en el que vi, por ejemplo, una escalera mecánica dentro de un parque. No podría replicar mis pasos en un mapa, pero sé que durante esos días caminé por el distrito colonial de Riverside, me metí en los shoppings de Orchard Road para hacer pausas con aire acondicionado, me senté a comer en los puestos de Chinatown y de Little India, miré desde abajo el edificio-barco de Marina Bay y saqué fotos de casas con ventanas y paredes de colores. También pasé por templos hindúes, templos chinos, altares callejeros, iglesias y mezquitas, y vi cómo los carteles de celebraciones habían cambiado desde la vez anterior: llegué en época de Deepavali, una festividad hinduista, y gran parte de la comunidad india estaba reunida en las veredas y los templos. Y con esa mezcla de estímulos, antes de seguir camino hacia otro país de Asia me senté en alguno de los kopitiam o casas de café y me pedí un teh-peng (té frío) para contrarrestar el calor y despedirme de la ciudad.

  Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó «Días de viaje» su primer libro de relatos.

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