Filipinas y sus terrazas de arroz

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

Uno de los mejores recuerdos de mi viaje por Asia es ver las terrazas de arroz en todas partes: al costado de la ruta, en medio de los pueblos, en las afueras de las ciudades. Fueron muchas las veces que salí a pasear con la gente local y terminé caminando por los cordones de tierra que atraviesan las plantaciones de arroz. Otras veces las bordeé en moto o colectivo y vi nenes remontando barriletes, hombres y mujeres cosechando y casas construidas en el medio. Pero ninguna plantación me impresionó tanto como las de las cordilleras filipinas.

 

“Batad es mágico, es un pueblito al que solo se llega a pie”, me dijo una amiga polaca que me recibió en Bali y me dio consejos para mi futuro viaje a Filipinas. Anoté el nombre en mi cuaderno para no olvidarme y, pocas semanas después, aterricé en Manila, la capital de Filipinas. Un amigo argentino me había puesto en contacto con Judy, un cura filipino, para que me ayudara durante mi estadía en su país. Judy me pasó a buscar por el aeropuerto y durante las tres semanas que estuve ahí se ocupó de mí: me alojó en la parroquia, me llevó a recorrer playas y pueblos coloniales y me puso en contacto con amigos suyos en toda la península de Luzón, la zona norte de Filipinas. Así fue como terminé de huésped en una casa de familia en Banaue, una de las ciudades construidas en medio de las terrazas de arroz de las cordilleras de Ifugao.

 

 

David y Steve, dos de los hermanos que me estaban alojando, ofrecieron llevarme a recorrer la región en su trike, una moto con sidecar. Dimos una vuelta por la ciudad hasta que llegamos al punto panorámico y me encontré con las terrazas de frente. Parecían olas verdes que bajaban por la ladera. Los filipinos las llaman la octava maravilla del mundo: las terrazas de arroz de Ifugao se extienden por más de 10 000 kilómetros cuadrados de montañas y albergan varios pueblos en su interior. Son escalonadas y fueron talladas a mano hace más de 2000 años por los ifugao, una de las tribus indígenas de las cordilleras. Como no tenían terreno plano para cosechar arroz, tallaron escalones de piedra y barro en las montañas y las convirtieron en un espacio apto para el cultivo. Aprovecharon los bosques tropicales ubicados por encima de las terrazas para crear sistemas de irrigación y fueron pasando sus conocimientos a las siguientes generaciones. Por eso las técnicas de cultivo de la región siguen siendo las mismas que hace 2000 años.

Al día siguiente salimos temprano para llegar a Batad, el pueblo del que me había hablado mi amiga. Salimos de Banaue, estacionamos la moto al costado de una ruta de tierra e hicimos el resto del camino a pie por la montaña. Caminamos en silencio. Uno de los hermanos iba mascando moma, el energizante natural local: hojas de una planta indígena, nueces de betel, lima y tabaco. A cada rato escupía un líquido rojo. Una hora y media después llegamos a la entrada del pueblo. Batad tiene 1500 habitantes y ningún acceso para vehículos motorizados. Caminamos unos metros y vi el pueblo entero de frente: pocas casas construidas en medio de las montañas, entre terrazas escalonadas.

 

Nos quedamos varias horas y no pude hacer otra cosa que mirar el paisaje. Sentía que estaba metida en uno de esos lugares que solo se ven en revistas de fotografía o en documentales. Batad fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1995. No había ruido, ni multitudes, ni apuro. La gente iba y venía con bolsas en los hombros, otros se agachaban para recolectar el arroz. En términos turísticos no había mucho para hacer más que caminar, rodearse de naturaleza y disfrutar el presente. Y su magia, para mí, era esa.

  Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó «Días de viaje» su primer libro de relatos.

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