Chengdu, mi introducción a China

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

No fui a Beijing ni a Shangai. No vi de cerca la Muralla ni a los guerreros de Xian. Supongo que me perdí de muchas cosas, y eso que estuve ahí un mes. Lo que conocí fue un pedacito ínfimo y nunca estuve más idiomáticamente perdida. No podía hablar, ni leer un cartel, ni encontrar las calles en el mapa, ni pedir indicaciones, ni decodificar los menúes. Aún así, China sigue siendo uno de mis países preferidos y volvería mil veces, aunque sospecho que ni con esa cantidad de viajes me alcanzaría para conocerla. ¿Cómo explicar el tamaño de China? Tal vez así: una vez tomé un tren de ocho horas y al mirar mi recorrido en el mapa vi que no había avanzado más de medio centímetro. Una amiga china me lo dijo: “Cruzar mi país por tierra puede llevarte semanas”.

 

No soy de las que planean, pero China requiere un poco de preparación. Primero, hay que ser realistas: no es un país para recorrer en pocos días. Segundo, es buena idea llevar un diccionario español-mandarín, un traductor en el smartphone o un libro con dibujos. Si vas por tu cuenta y no hablás el idioma, te será difícil comunicarte. Los chinos, sin embargo, me demostraron la mejor voluntad para el intercambio: no pudimos hablar pero igual me ayudaron, me dieron comida, usaron su gps para encontrar mi hostel o me llevaron hasta un domicilio donde sabían que había alguien que hablaba inglés. Viajé sola y pasé la mayor parte del viaje oscilando entre la frustración y la sorpresa. Cada vez que el idioma me hacía perderme, algo o alguien me encontraba y mejoraba mi día.

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Aterricé en Chengdú, una ciudad de China central, probablemente la más grande en la que estuve nunca. Tiene 14 millones de habitantes, es la quinta más poblada del país y todo viene en cantidades enormes: las bicicletas, la altura de los edificios, las góndolas de los supermercados, los templos, la niebla. No elegí ir a Chengdú. Cuando decidí que me iría a China estaba en Malasia y los pasajes más baratos apuntaban a esa ciudad, así que reservé, compré y volé. Fui en invierno pensando que no iba a hacer frío —en el Sudeste Asiático perdí la noción del frío— y cuando llegué tuve que comprarme ropa de apuro. Hice Couchsurfing en la casa de una familia china y tuve un trailer de lo que sería el resto del viaje. La hija tenía mi edad y hablaba inglés, pero cuando ella se fue y quedé sola con los padres supe que tendría que empezar a buscar formas alternativas de comunicación. Usamos los dibujos, la mímica y la risa. Algo a lo que apele mucho fue la imitación: ¿cómo se toma ese desayuno de huevos, leche y pan? Mirá a ver cómo lo comen ellos. Y así fui aprendiendo sus costumbres regionales, como comer pan relleno de cerdo por las mañanas acompañado con un bol de café.

Mis primeras caminatas por la ciudad fueron fallidas. Tenía mapa pero me perdí, todas las calles me parecían iguales, los edificios eran la repetición del mismo, la niebla no me dejaba ver a lo lejos, solo reconocía la estatua de Mao. Sin embargo seguí, siempre con la dirección de mis anfitriones escrita en caracteres guardada en el bolsillo, sabiendo que estaba a un taxi de distancia de mi hogar en esa ciudad. Durante esos paseos encontré rincones que le dieron color al gris generalizado: arcos con lámparas rojas que aparecían de golpe sobre calles más angostas, ofrendas de velas y flores dejadas frente a los templos, vendedores ambulantes de naranjas, puestos de comida al aire libre, monjes cruzando los pasos de zebra del barrio tibetano con sus túnicas rojas, los puestos de comida halal, un cartel anunciando un show de tango, el tapado de leopardo de la conductora del colectivo.

 

Me costó aclimatarme a China, era agotador no tener un punto de contacto con la gente, un idioma compartido. Por eso, antes de seguir camino hacia el interior del país fui a la reserva de pandas gigantes ubicada en medio de la ciudad. Pasé la tarde ahí, tranquila, sabiendo que no tendría que hablar con nadie mientras miraba a los osos hacer su vida. Al día siguiente junté mis cosas, me despedí de la familia y me fui en colectivo hacia un pueblo de la región tibetana. Empezaba mi viaje por el país gigante.

  Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó“Días de viaje” su primer libro de relatos.

 

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