La Paz desde arriba

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

Me estaba quedando dormida cuando Vicky me tocó el hombro para que mirara por la ventana del colectivo. Pegué la frente contra el vidrio frío y me olvidé de hablar por varios minutos. Era de noche y la ruta estaba a oscuras, el camino solo se intuía, pero a pocos kilómetros se veía lo que parecía ser un planetario invertido, gigante, con el domo enterrado en la tierra y miles de luces desparramadas en su interior. Tantas veces me dijeron que ir a las grandes ciudades no vale la pena y tantas veces sentí lo contrario. Después de diez horas de camino de ripio, la ruta asfaltada nos estaba por dejar en La Paz, la capital administrativa más alta del mundo.

 

Durante los días que pasamos en la ciudad, mirarla desde arriba se nos hizo costumbre. La Paz está asentada en un cañón, rodeada por montañas de hasta 6400 metros de altura, en medio de la Cordillera de los Andes. Las casas se extienden desde el centro hasta las laderas como hormigas rojas y sobrepasan la línea del horizonte, que en una ciudad de calles en subida y bajada es difícil de distinguir. Si bien ya nos habíamos aclimatado bastante, las caminatas hacia lo alto nos seguían entrecortando la respiración y el viento fresco del Altiplano nos obligaba a abrigarnos bien, gorro, polainas de lana, sweater de alpaca.

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Pasamos el tiempo caminando, que es lo que me gusta hacer en las ciudades. Hicimos pausas en la Plaza Murillo, la plaza de armas de La Paz, entre palomas descontroladas, vendedores de helado y amigos buscando el mejor ángulo con su teléfono. Nos sentamos frente a la Iglesia de San Francisco y vimos a los limpiabotas tapando su identidad con pasamontañas y a los nenes jugando en los escalones. Nos cruzamos con mujeres vendiendo frutas y artesanías en las veredas y con otras que confeccionaban trajes para Carnaval. La Paz nos invitaba a estar afuera, a habitar las veredas, a vivir al aire libre como la gente local. El silencio me llamó la atención y pensé que tal vez tenga que ver con la altura, que todos los lugares tan cerca del cielo parecen compartir una banda sonora de poco volumen.

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La última tarde subimos hasta el mirador Killi Killi, ya no recuerdo si en transporte o caminando, porque desde esa vez subí varias veces, en cada visita a La Paz, y siempre de maneras distintas. Llegamos a una terraza, nos acercamos al borde y de golpe vimos todo, como si estuviésemos en el balcón más alto, en el palco más caro de la ciudad. Se veían los edificios, las casas, el estadio, las calles, las montañas, la nieve, una cholita sentada en una esquina, al lado de la madera de una cama, vendiendo o esperando o descansando. Teníamos una vista casi de 360 grados, podíamos ver las calles que habíamos recorrido, la gente con la que nos habíamos cruzado. En un rincón, una pareja se abrazaba con el paisaje de fondo, y más allá un grupo de hombres y mujeres con traje y vestidos típicos practicaban un baile para un videoclip. Los miramos como una hora, después bajamos, tomamos una sopa en el balcón de una calle colonial y preparamos las mochilas para seguir camino.

Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó“Días de viaje” su primer libro de relatos.

 

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