Mi primer viaje sola al salar de Uyuni

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

Mi primer viaje sola fue al salar de Uyuni. Estaba con un grupo de amigos en el norte de Bolivia y nos quedaban pocos días, nuestro colectivo a Buenos Aires salía desde Jujuy, provincia del norte argentino, y había que acelerar para no perder la vuelta. Me habían hablado del salar de Uyuni, el desierto de sal más grande del mundo, y cuando me enteré que nos quedaba de paso no quise perder la oportunidad de conocerlo. Se lo propuse a mis amigos y ninguno quiso acompañarme. Decidí ir sola y reencontrarme con ellos dos días después en Argentina para tomar juntos el transporte a Buenos Aires. “Estás loca”, fue su respuesta, y en Potosí nos despedimos, cambié de colectivo y me fui sola rumbo al pueblo de Uyuni. Teníamos veinte años, estábamos de vacaciones y era mi primera vez de mochilera.

 

El colectivo saltó toda la noche por el camino de ripio. Adentro era difícil dormir, las vibraciones hacían que los bolsos se cayeran de los compartimentos superiores y que los auriculares se me desencajaran de las orejas. Llegué de madrugada a un pueblo de pocas cuadras, Uyuni, el punto de partida de las excursiones en 4×4 al salar y alrededores. Esperé en un banco de plaza a que el pueblo se despertara y cuando las primeras agencias abrieron, contraté el tour de un día, que era el tiempo máximo que tenía para estar ahí antes de tomar el tren de vuelta a la frontera con Argentina. Hasta el momento no se había cumplido ninguna de las profecías maléficas que me habían anticipado por querer viajar sola. En ocho años viajando así, tampoco se cumplieron.

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Era época de lluvias y la entrada al salar estaba inundada por una capa fina que no superaba la suela de las zapatillas. Nos bajamos de la 4×4 —los otros pasajeros, casi todos argentinos, y yo— para entrar caminando y vi que el transporte ya estaba cubierto de tierra. Un cartel escrito sobre una piedra daba información del lugar: estábamos a 3660 metros de altura, al oeste los bloques de sal, al norte un hotel, al este las montañas. Un japonés me vio leyendo, me pidió con gestos que me quedara parada ahí y me sacó una foto, después se acercó y se sacó una conmigo. Todavía no estaban tan de moda las selfies. El agua estacionada sobre la sal formaba un espejo gigante en el que se fundían el suelo y el cielo. Parecía que estábamos en un lugar fuera del mundo, tan arriba, tan irreal, con nubes en los pies. Volvimos a la 4×4 y nos fuimos hacia el centro de ese desierto blanco de más de 10.500 kilómetros cuadrados hasta la Isla del Pescado, una montaña en medio de la nada llena de cactus más grandes que una persona. Hace miles de años, el salar era un lago. Hoy es un reservorio de más de 10 mil millones de toneladas de sal. Tanta que me cuesta visualizarla. Más tarde, cuando almorzamos, noté que a la comida le faltaba sal.

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Vimos el atardecer desde la isla y tuve que separarme del grupo. “Quedate con nosotros”, me dijeron, “hacemos el tour de 4 días y después seguís viajando”. Pero tenía un pasaje de vuelta, un grupo de amigos y un último año de universidad que me esperaban en otro lado. Esa noche tomé el tren desde Uyuni y volví a La Quiaca. En ese viaje, una chica boliviana me tapó con una frazada y me cambió la vida. Al año siguiente, cuando decidí hacer mi primer viaje largo por América Latina, decidí volver al salar y hacer el recorrido de 4 días por el desierto y los alrededores: vi las lagunas de colores, los geisers, las aguas termales, las vicuñas, los flamencos y conocí una de las regiones, para mí, más impresionantes del mundo. Cinco años después volví a Bolivia y repetí el recorrido de 4 días en 4×4. Nunca me aburrí, nunca más fui sola. El viento frío y el sol caliente del Altiplano me generó adicción, supongo, porque siempre me pregunto cuándo será la próxima vez que vuelva a viajar sola por ahí.

Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó“Días de viaje” su primer libro de relatos.

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