El Norte Argentino: un viaje de iniciación

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   

Iba a ser mi primera vez viajando con mochila y en grupo. Junto con una de mis amigas habíamos comprado una carpa rosa —el único color que conseguimos por ese precio— y yo estaba por estrenar mi primera mochila de sesenta litros. Recuerdo que cuando me la puse en los hombros me desesperé: me parecía demasiado peso para cargar en la espalda durante veinte días. Saqué cosas y dejé un tercio de la ropa en casa, y recién estando de viaje me di cuenta de que necesitaba incluso menos. En el grupo éramos cuatro: una amiga de la facultad, mi mejor amigo, su novia y yo, más nuestras cuatro mochilas y dos carpas que demostraban que estábamos listos para probar suerte como mochileros. Teníamos veinte años y ese era nuestro viaje de iniciación.

 

El bus nos llevó de Retiro a San Miguel de Tucumán en dieciocho horas, tramo que nos pareció larguísimo. Después nos acostumbraríamos a todo. El cambio de clima y de paisaje fue rotundo: pasamos de la humedad y la locura de Buenos Aires a la aridez y tranquilidad del Norte Argentino. Al no tener las fotos de ese viaje a mano, tengo que confiar en mis recuerdos y reconstruir la ruta de memoria. Pasaron más de nueve años y hay cosas que se me mezclan. ¿Fuimos a los Valles Calchaquíes? Ese sistema de valles y montañas que se extiende de norte a sur por el centro de salta, el oeste de Tucumán y el noreste de Catamarca, esa región considerada de las más lindas de Argentina. Me acuerdo de que me quedé con ganas de ir a Cachi, un pueblito de los valles, con arquitectura española y casas de adobe. Pero estoy segura de que fuimos a Cafayate, porque ahí fue donde alquilamos bicis y pedaleamos entre viñedos y los cactus más altos que vi en mi vida.

Norte

De Cafayate viajamos a la ciudad de Salta. Ahí me quedé por primera vez en un hostel y vi que estábamos yendo por una ruta muy transitada por mochileros de todas partes del país. Llegamos un poco antes de Carnaval, así que vimos algunos grupos bailando en las calles por anticipado. Salta me sorprendió por su arquitectura y su entorno natural. Seguimos camino hacia el norte y cruzamos a Jujuy. En esa provincia hicimos las paradas obligatorias de un primer viaje por el NOA: Purmamarca, Tilcara y Humahuaca.

 

En Purmamarca acampamos con vista al Cerro de los siete colores, caminamos por calles de tierra, paseamos por mercados autóctonos, probamos las empanadas jujeñas y nos sentamos a descansar entre cardones. Era mi primera vez en un pueblo tan típico de esa región y recuerdo todo como si hubiese estado dentro de una postal. Después nos trasladamos a Tilcara, la capital arqueológica de Argentina y uno de los centros turísticos de la Quebrada de Humahuaca, zona que fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Y después de recorrer ruinas precolombinas nos fuimos para Humahuaca, cada vez más al norte del mapa. Para ser la primera vez que viajábamos con el objetivo de no quedarnos en un solo lugar, habíamos avanzado bastante.

 

En Humahuaca acampamos y llovió como nunca, y desde el interior de nuestra carpa rosa rogamos que la lluvia no entrara. Como las rutas quedaron embarradas no pudimos ir a Iruya, uno de los lugares de los que más nos habían hablado, un pueblito casi colgado en la montaña, con calles estrechas y empedradas, casas de adobe y piedra y costumbres que se mantienen hace más de 250 años.

 

Terminamos el viaje por el Norte Argentino en La Quiaca, la ciudad fronteriza con Bolivia, donde tuvimos que esperar varias noches a que parara de llover y las rutas hacia el norte estuvieran transitables. Pasamos al país vecino y nos despedimos de la puna, de las quebradas, de las salinas y de los cactus para pasar al Altiplano, al salar de Uyuni, a las alpacas y las llamas. Ahora, mirando el mapa, veo que a la lista de lugares que no fuimos se le sumaron otros, como las Salinas Grandes, la Quebrada del Toro y el salar de Arizaro, pero en un viaje siempre pasa eso, y sobre todo si es de iniciación: quedan demasiados lugares por conocer, porque uno se está conociendo a sí mismo como viajero.

Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó“Días de viaje” su primer libro de relatos.

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