El efecto Uruguay (parte 2): las playas y los recuerdos

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   

Dicen que nuestra percepción de los lugares y espacios cambia con el tiempo: el ejemplo más común es cuando volvemos a algún lugar de la infancia y todo nos parece más chico. En nuestro recuerdo, ese patio era más grande que un estadio de fútbol, el árbol del fondo era una montaña y aquella habitación era un escondite secreto. Pero lo vemos con unos años más, y todo es distinto. Uno de los pocos países que visité en distintas etapas de mi vida es Uruguay: pasé veranos de mi infancia entre Punta del Diablo y Cabo Polonio, veranos de la adolescencia en Punta del Este e inviernos y primaveras de mis veinte entre Colonia, Montevideo y Piriápolis. En cada regreso encontré algunos lugares como los recordaba y otros muy distintos, aunque siempre familiares y cercanos.

Durante varios años, entre mis cuatro y mis diez años, pasé veranos en Punta del Diablo con mi familia. Mis recuerdos de esos días provienen de los álbumes de fotos y de las historias de mi papá: en las imágenes se veían casitas bajas, calles de tierra y mucha tranquilidad. Alquilábamos una casa con una familia uruguaya y yo jugaba con los chicos, tenía una tabla de surf miniatura —de telgopor, con el dibujo de un tiburón— y me pasaba horas barrenando en la costa. De vez en cuando íbamos al Chuy, en la frontera con Brasil, a hacer algunas compras, o a ver el atardecer a Cabo Polonio. No volví a Punta del Diablo desde entonces, pienso hacerlo este año. Sé que creció como destino turístico, aunque muchos me dicen que fuera de temporada sigue igual que hace veinte años.

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Punta del Diablo es un pueblo de pescadores ubicado en el departamento de Rocha: su paisaje consiste en casitas de colores ubicadas frente al mar, en una costa que se extiende por diez kilómetros. Según uno de los últimos censos, su población permanente es de poco más de 800 habitantes, en su mayoría pescadores y artesanos. El pueblo surgió como tal en 1935, cuando una familia se estableció en la zona por la recomendación de un médico, ya que uno de sus hijos sufría de asma. Su rancho fue el primero, luego llegaron pescadores de Valizas que se establecieron con sus mujeres. Cada verano, el pueblo recibe miles de visitantes uruguayos, argentinos, brasileros y europeos. Durante el resto del año, sigue siendo un rincón rústico y bohemio lejos del ruido y el acelere de las ciudades.

De Punta del Este me acuerdo un poco más. No sé cuándo fui por primera vez, pero sí que a los quince pasé un verano con amigas del colegio. Era uno de mis primeros veranos sola, sin mi familia, y quedarme en la playa hasta la noche y después ir a bailar era algo nuevo para mí. Todavía me acuerdo de los hits musicales de la época —Mayonesa, Bicho Bicho, Procura—, de las fotos en la playa, de la Mansa y la Brava, de las medialunas de la tarde, de la mano escultural que sale de la arena. Volví a Punta del Este diez años después de aquel verano y casi no la reconocí: supongo que el lugar estaba igual, pero mi recuerdo había quedado tan asociado a una época de mi vida que no lograba encontrar esos espacios donde había vivido tantas historias. O, quizá, no lograba encontrar a esa versión de mí. A pesar de todo, mi segunda visita, diez años después, me gustó más.

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Punta del Este es el opuesto de Punta del Diablo: es una ciudad, tiene casinos, yates, discotecas y mucho turismo. Está ubicada en una península en el departamento de Maldonado, es el destino más caro de Uruguay y uno de los balnearios más famosos de Latinoamérica: por eso, muchas la llaman la Mónaco de Sudamérica. Su población permanente supera los 12 mil habitantes, y cada verano recibe hasta a 450 mil personas. Cuando volví era invierno y la ciudad estaba vacía. Los dos lugares con los que me quedo de esa visita fueron José Ignacio, un balneario ubicado en una península a 40 kilómetros de Punta del Este, y Punta Ballena, a 18 kilómetros de Punta del Este, donde el artista uruguayo Carlos Páez Vilaró eligió construir su Casapueblo. Espero volver en diez años, o menos, y ver qué siento al estar otra vez frente a dos lugares que quedaron tan impregnados de recuerdos.

Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó“Días de viaje” su primer libro de relatos.

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