En tren por Serbia

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel 

Cuando mi amiga Laura y yo decidimos hacer un viaje de 20 días por los Balcanes, acordamos que cada una elegiría un país para conocer: ella votó por Croacia y yo por Serbia. Nos pusimos de acuerdo en hacer la mayor parte del viaje (o lo que fuera posible) en tren y el resto en autostop. Sabía que en Croacia nos esperaba el Adriático pero no sabía qué nos esperaba en Serbia y eso me atraía mucho. Me parece que, en general, elijo los destinos por intuición.

Tanto Croacia como Serbia formaron parte de la antigua Yugoslavia, hasta su desintegración en 1991, junto con Eslovenia, Bosnia Herzegovina, Montenegro y Macedonia. Más allá de las problemáticas políticas y sociales, muchos coinciden en que Yugoslavia fue uno de los países de mayor belleza natural de Europa, y gran parte de esa belleza, afirman, quedó en territorio serbio.

 

Llegamos a Belgrado, la capital, en el tren nocturno desde Zagreb. Las dos ciudades me parecieron opuestas: Zagreb me recordaba arquitectónicamente a Praga o Budapest, mientras que la decadencia y el ambiente retro de Belgrado me recordaba a todas las ciudades de las que alguna vez me enamoré. Y me recordaba, sobre todo y por razones muy poco concretas, a Buenos Aires. Tal vez era mi nostalgia por volver a mi ciudad después de casi dos años de estar afuera, pero en algunas esquinas o cafés tenía que mirar los carteles dos veces para convencerme de que estaba en Serbia y no en Argentina.

 

Los serbios me parecieron de las personas más hospitalarias que conocí en Europa y en las calles de Belgrado encontré postales de otra época. Me pareció que la ciudad se mostraba como era, sin intentos de ocultar ni de engrandecer. Hicimos varias pausas en los kavanas, las cafeterías donde los serbios se reúnen a socializar, vimos edificios bombardeados durante conflictos pasados, caminamos hasta que nos dolieron los pies y comimos pan y facturas como si estuviésemos en Argentina.

 

Un tren húngaro nos llevó hasta Subotica, una ciudad en el norte del país que alguna vez fue parte de Hungría y hoy tiene una comunidad húngara muy grande. Volví a escuchar el idioma de mi mamá y mis abuelos y pude decir alguna palabra y ganarme una sonrisa. Exploramos uno de los lugares abandonados que más me impactó: la antigua sinagoga de la ciudad, hoy en refacción pero todavía casi en ruinas. Otro tren, esta vez serbio, nos dejó cerca de Mokra Gora, una de las regiones montañosas del país. Pasamos unos días en la naturaleza, conocimos Dvengrad, el pueblo construído por Emir Kusturica, y nos subimos al Sargan Eight, un tren a vapor que va por las montañas y une dos estaciones formando un ocho con sus vías.

 

Podemos decir que hicimos trenestop: el Sargan Eight estaba reservado para un grupo de griegos que lo habían alquilado por el día y al principio no nos dejaron subir. Hablamos con el jefe del grupo, le dijimos que éramos argentinas y que esa era nuestra única oportunidad de viajar en el tren histórico y enseguida nos dijo que le encantaba Buenos Aires y nos invitó a subir. Así nos enteramos de que formaban parte de un club de fans de los trenes a vapor y que el tren en el que estábamos viajando no era el que normalmente se usaba para turistas, sino uno reservado para ocasiones especiales.

 

Volvimos a Belgrado en otro tren y nos subimos al último que nos llevaría de vuelta a Zagreb. Compartimos la cabina con una pareja que también viajaba, nos quedamos dormidas y nos despertamos en Croacia.

Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó“Días de viaje” su primer libro de relatos.

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