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Fragmentos de Sudáfrica: de Johannesburgo a Ciudad del cabo

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel 

El viaje que hice por Sudáfrica en el 2013 fue algo así como un trailer: tuve un adelanto de cada cosa y me quedé con ganas de ver la película completa. Después de hacer el safari por la Reserva de Pilanesberg [INSERTAR ENLACE AL POST ANTERIOR], las siguientes paradas fueron Johannesburgo, la ciudad más grande del país, Durban, una ciudad costera con una gran comunidad india, y Ciudad del Cabo, en la punta del continente. De esa semana, me quedo con los siguientes momentos:

 

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El efecto Uruguay (parte 2): las playas y los recuerdos

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   

Dicen que nuestra percepción de los lugares y espacios cambia con el tiempo: el ejemplo más común es cuando volvemos a algún lugar de la infancia y todo nos parece más chico. En nuestro recuerdo, ese patio era más grande que un estadio de fútbol, el árbol del fondo era una montaña y aquella habitación era un escondite secreto. Pero lo vemos con unos años más, y todo es distinto. Uno de los pocos países que visité en distintas etapas de mi vida es Uruguay: pasé veranos de mi infancia entre Punta del Diablo y Cabo Polonio, veranos de la adolescencia en Punta del Este e inviernos y primaveras de mis veinte entre Colonia, Montevideo y Piriápolis. En cada regreso encontré algunos lugares como los recordaba y otros muy distintos, aunque siempre familiares y cercanos.

Durante varios años, entre mis cuatro y mis diez años, pasé veranos en Punta del Diablo con mi familia. Mis recuerdos de esos días provienen de los álbumes de fotos y de las historias de mi papá: en las imágenes se veían casitas bajas, calles de tierra y mucha tranquilidad. Alquilábamos una casa con una familia uruguaya y yo jugaba con los chicos, tenía una tabla de surf miniatura —de telgopor, con el dibujo de un tiburón— y me pasaba horas barrenando en la costa. De vez en cuando íbamos al Chuy, en la frontera con Brasil, a hacer algunas compras, o a ver el atardecer a Cabo Polonio. No volví a Punta del Diablo desde entonces, pienso hacerlo este año. Sé que creció como destino turístico, aunque muchos me dicen que fuera de temporada sigue igual que hace veinte años.

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El Norte Argentino: un viaje de iniciación

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   

Iba a ser mi primera vez viajando con mochila y en grupo. Junto con una de mis amigas habíamos comprado una carpa rosa —el único color que conseguimos por ese precio— y yo estaba por estrenar mi primera mochila de sesenta litros. Recuerdo que cuando me la puse en los hombros me desesperé: me parecía demasiado peso para cargar en la espalda durante veinte días. Saqué cosas y dejé un tercio de la ropa en casa, y recién estando de viaje me di cuenta de que necesitaba incluso menos. En el grupo éramos cuatro: una amiga de la facultad, mi mejor amigo, su novia y yo, más nuestras cuatro mochilas y dos carpas que demostraban que estábamos listos para probar suerte como mochileros. Teníamos veinte años y ese era nuestro viaje de iniciación.

 

El bus nos llevó de Retiro a San Miguel de Tucumán en dieciocho horas, tramo que nos pareció larguísimo. Después nos acostumbraríamos a todo. El cambio de clima y de paisaje fue rotundo: pasamos de la humedad y la locura de Buenos Aires a la aridez y tranquilidad del Norte Argentino. Al no tener las fotos de ese viaje a mano, tengo que confiar en mis recuerdos y reconstruir la ruta de memoria. Pasaron más de nueve años y hay cosas que se me mezclan. ¿Fuimos a los Valles Calchaquíes? Ese sistema de valles y montañas que se extiende de norte a sur por el centro de salta, el oeste de Tucumán y el noreste de Catamarca, esa región considerada de las más lindas de Argentina. Me acuerdo de que me quedé con ganas de ir a Cachi, un pueblito de los valles, con arquitectura española y casas de adobe. Pero estoy segura de que fuimos a Cafayate, porque ahí fue donde alquilamos bicis y pedaleamos entre viñedos y los cactus más altos que vi en mi vida.

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Catación de mar en Roatán

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   

La catación de mares debería ser una profesión. Entonces uno podría ir al mar que se le antoje y decir: “Me voy a trabajar, hoy me toca probar quétal es el agua en Tailandia”o “Vuelvo en dos meses, me mandaron a investigar el color y la temperatura del mar en Oceanía”. Y el agua dejaría de ser sinónimo de vacaciones para pasar a formar parte de nuestra vida cotidiana. Yo siempre quise un trabajo así. Amo el mar desde que nací, y si bien lo conocíen distintas partes del mundo, mi preferido sigue siendo el Caribe. No hay como la arena que parece harina y el mar tan transparente que deja ver todo lo que hay en el fondo. Y cuando pienso en esa agua turquesa, cristalina, casi como de pileta de natación, no puedo evitar pensar en mi viaje a Roatán, una de las Islas de la Bahía de Honduras.

 

Roatán es uno de esos lugares que se sacóla lotería geográfica: está ubicado muy cerca del Arrecife Mesoamericano, la segunda barrera de coral más grande del mundo después de la de Australia. En esos mil kilómetros cuadrados de arrecife habitan más de 65 especies de corales, 350 especies de moluscos y más de 500 especies de peces. También es refugio de tortugas, manatíes, cocodrilos y tiburones-ballena. Por esto, Roatán es uno de los principales centros de buceo del mundo y uno de los destinos preferidos de los cruceros. Pero lo bueno de este lugar es que a pesar de ser turístico, sigue manteniendo la calma. La mayoría de las calles son de tierra y la vorágine no es parte del ritmo diario de la gente. Puede que sea el calor caribeño, pero ahíel tiempo tiene otra consistencia: es más denso, más estirable, más relajado. Roatán es uno de esos lugares para ir, descansar y sentirse dentro de una postal.

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Si en vez de llegar en avión decidís cruzar a la isla en catamarán desde alguna de las ciudades de Honduras, disfrutáel paseo y abrílos ojos: tal vez veas algún barco antiguo, oxidado, encallado cerca de la costa. Roatán, tan tranquila como se la ve, tuvo su historia de piratas y ocupación extranjera. Entre los siglos 14 y 16 fue colonizada por españoles e ingleses y fue el lugar de asentamiento de piratas holandeses, ingleses y españoles. Esto explica la mezcla de idiomas y de culturas que hay en la isla. Uno de los grupos más importantes son los garífuna: descendientes de africanos occidentales, africanos centrales (llevados a América para trabajar como esclavos), caribs (indígenas de las Antillas) y arahuacos (otro grupo indígena de las Antillas).

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Roatán, al igual que muchas de las islas del Caribe, vive del turismo. Por eso, para poder seguir disfrutando de las playas y las vistas, es importante respetar el entorno y no tirar basura ni destruir los corales. Puede parecer algo obvio, pero es uno de los problemas a los que se enfrentan los habitantes de la isla. Más alláde eso, la regla número uno es disfrutar del mar. Si también querés dedicarte a la catación, pensáen Roatán como una de tus prácticas profesionales. Zambullite, nadá, flotá, miráel fondo, sentíla textura de la arena, tratáde describir el color del agua, disfrutáde la temperatura. Y si te toca algún día de lluvia, no te encierres, salía mirar y vas a ver que el color del mar, ese turquesa Roatán, se pone más intenso cuando hay tormenta. Si tuviera la máquina de la teletransportación, este destino estaría en mi lista de favoritos.

Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó“Días de viaje” su primer libro de relatos.

Dubrovnik, la Perla del Adriático

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

Cuando dije que me iba a Croacia, en casi todas las conversaciones apareció la palabra Dubrovnik. Muchos me hablaron de Game of Thrones, serie que se filmó en parte ahí. Una amiga me dijo que era su sueño caminar por esa ciudad, y cuando vi fotos entendí por qué. Dubrovnik está entre las diez ciudades medievales amuralladas mejor conservadas del mundo y está ubicada sobre uno de los mares más turquesas de Europa. Laura, mi compañera de viajes, y yo decidimos llegar a Dubrovnik por mar: después de haber recorrido Croacia en tren, nos pareció acorde cambiar de medio de transporte y navegar hasta una de las ciudades portuarias más importantes del país.

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Vietnam de punta a punta (parte 2)

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

En Hoi An empezó a llover, una lluvia horizontal y constante. Ya me habían dicho que en Vietnam cuando llueve, llueve de verdad. La ciudad, por suerte, daba para tomársela con calma, así que me compré un poncho, me puse las ojotas y salí a caminar sin mucho rumbo. No hacía frío y de vez en cuando el agua frenaba y me permitía sacar fotos de las lámparas colgantes, las casas amarillas, los templos coloridos, los puentes y las actividades de la gente en la Ciudad Vieja. Hoi An tiene más de 2000 años de historia, fue uno de los puertos más importantes de la región durante los siglos 16 y 17 y tiene herencia india, china y japonesa. Hoy es un pueblo muy turístico, pero su ritmo sigue marcado por el de las bicicletas.

 

Seguí camino hacia Hue, la antigua capital imperial, ubicada también en la región central de Vietnam. La lluvia era cada vez más fuerte y el poncho aguantaba menos, pero nada me desmotivaba. La historia de Hue está muy conectada a la de la Dinastía Nguyen, que reinó entre 1802 y 1945, hasta que el emperador abdicó para darle lugar al gobierno revolucionario de Ho Chi Minh. Uno de los lugares más interesantes para visitar es Dai Noi, la antigua ciudadela imperial, un complejo de templos, palacios, pabellones, paredes, fosos, museos y galerías en la que fue la sede de gobierno del imperio. Gran parte fue destruida por las guerras y está en reconstrucción, pero aún así sigue siendo imponente y se la compara con la Ciudad Oculta de China.

HalongBay

 

En Hanoi sentí una energía distinta, la tranquilidad de las ciudades anteriores se convirtió en una vorágine de motos y calles repletas. Hanoi es la capital del país hace más de mil años y fue, también, la capital de la Indochina francesa y de Vietnam del Norte. Como en Ho Chi Minh, la ciudad más importante del sur, se veía gente haciendo sus rutinas en la calle: mujeres cocinando, hombres arreglando zapatos, peluqueros al aire libre, gente vendiendo y comprando libros entremedio de lagos, edificios coloniales y templos. El corazón de la capital está en la Ciudad Vieja, que conserva la arquitectura y diseño de calles de la Hanoi antigua. A principios del siglo 20 había solo 36 calles y el nombre de cada una correspondía al oficio que se practicaba en ella. Hoy esa tradición no se mantiene, pero los nombres siguen siendo los de antes. Desde Hanoi me fui a conocer los últimos dos lugares que tenía planeados antes de cruzar la frontera.

 

Es mejor saberlo de antemano: Vietnam es uno de los países con más scams (estafas) por metro cuadrado. Existe un sistema de precios dobles —para locales y para turistas—, hay muchas empresas y agencias de viaje ilegítimas que usan el nombre de las que tienen mejor reputación y muchas personas que tratan de engañar a la hora de cobrar. Esto no quiere decir que haya que desconfiar todo el tiempo, sino que hay que estar atento a la hora de, por ejemplo, contratar un tour. Mi experiencia en Halong Bay, uno de los lugares naturales más visitados del país, no fue buena —me robaron, me maltrataron verbalmente y no me dijeron ninguno de los servicios por los que pagué—, por eso recomiendo contratar los tours más caros e ir con agencias que aparezcan recomendadas en las guías de viaje.

HoiAn

Después del mal momento en Halong Bay decidí terminar mi recorrido en Sapa, un pueblo en las montañas, cerca de la frontera con China, rodeado de terrazas de arroz. La región está habitada por varias minorías étnicas como los H’mong y los Dao. Las mujeres, vestidas con su ropa tradicional, con pañuelos de colores en la cabeza y bebés en la espalda, se me acercaron enseguida para hacerme preguntas y ofrecerme sus productos artesanales. Hice una caminata por los alrededores del pueblo, bajo la lluvia, y la niebla no me dejó ver todo el paisaje. Lo que más recuerdo es que una mujer h’mong me acompañó durante todo el trayecto, compartió su paraguas conmigo y me dio la mano varias veces para que no me resbalara con el barro. Con esa última imagen, me despedí de Vietnam y cruce por tierra a Laos para seguir camino.

Aniko tiene 30 años y viaja por el mundo desde los 22. Va con mochila, cámara y cuadernos y se dedica a observar cómo vive la gente en otros lugares. Le gusta viajar lento y caminar mucho, suele dormir en casas de familia y le encanta probar comidas nuevas. Escribe dos blogs (viajandoporahi.com y escribir.me), colabora en revistas de Argentina y en el 2013 autopublicó“Días de viaje” su primer libro de relatos.

Mi primer viaje sola al salar de Uyuni

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

Mi primer viaje sola fue al salar de Uyuni. Estaba con un grupo de amigos en el norte de Bolivia y nos quedaban pocos días, nuestro colectivo a Buenos Aires salía desde Jujuy, provincia del norte argentino, y había que acelerar para no perder la vuelta. Me habían hablado del salar de Uyuni, el desierto de sal más grande del mundo, y cuando me enteré que nos quedaba de paso no quise perder la oportunidad de conocerlo. Se lo propuse a mis amigos y ninguno quiso acompañarme. Decidí ir sola y reencontrarme con ellos dos días después en Argentina para tomar juntos el transporte a Buenos Aires. “Estás loca”, fue su respuesta, y en Potosí nos despedimos, cambié de colectivo y me fui sola rumbo al pueblo de Uyuni. Teníamos veinte años, estábamos de vacaciones y era mi primera vez de mochilera.

 

El colectivo saltó toda la noche por el camino de ripio. Adentro era difícil dormir, las vibraciones hacían que los bolsos se cayeran de los compartimentos superiores y que los auriculares se me desencajaran de las orejas. Llegué de madrugada a un pueblo de pocas cuadras, Uyuni, el punto de partida de las excursiones en 4×4 al salar y alrededores. Esperé en un banco de plaza a que el pueblo se despertara y cuando las primeras agencias abrieron, contraté el tour de un día, que era el tiempo máximo que tenía para estar ahí antes de tomar el tren de vuelta a la frontera con Argentina. Hasta el momento no se había cumplido ninguna de las profecías maléficas que me habían anticipado por querer viajar sola. En ocho años viajando así, tampoco se cumplieron.

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Otoño en Vancouver

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

Durante mi primer viaje largo por América Latina viví ocho meses en verano sin haberlo planeado. Salí de Buenos Aires en enero y subí por el continente persiguiendo el calor. Fue positivo para mi mochila, que iba liviana, y para conocer los lugares, ya que casi no tuve días de lluvia, pero después de un tiempo empecé a extrañar el cambio de estaciones. A la altura de Centroamérica, a mitad del viaje, recibí una invitación que tampoco estaba en mis planes: Sue, la prima húngara-canadiense de mi mamá, me propuso visitarla en Vancouver. Unas semanas después me subí a un avión que me llevaría de vuelta al otoño.

 

Desde arriba ya se la intuía silenciosa. Por la ventanilla veía a Vancouver atravesada por un río, rodeada de montañas y de mar. Casi todas las manzanas parecían tener árboles y, en algunos casos, pequeños bosques. Cuando aterricé descubrí que era doblemente silenciosa: en América Latina me había acostumbrado a llegar a un lugar nuevo y que me rodearan taxistas, conductores de combis, mujeres vendiendo comida, nenes para que les saque fotos, algo que en esa ciudad de Canadá no me pasó. Sue me esperaba en el aeropuerto con un buzo de polar y una bufanda. “Viniste en buena época”, me dijo, “todavía tenemos bastante luz, en invierno los días son muy cortos”. En su casa me saqué las zapatillas y caminé sobre una de esas alfombras mullidas que se hunden con cada pisada. Descubrí que a la vuelta de donde vivía había un puerto y vi las calles llenas de hojas secas.

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La Paz desde arriba

Post escrito por Aniko Villalba en exclusivo para TIJE Travel   _aniko

Me estaba quedando dormida cuando Vicky me tocó el hombro para que mirara por la ventana del colectivo. Pegué la frente contra el vidrio frío y me olvidé de hablar por varios minutos. Era de noche y la ruta estaba a oscuras, el camino solo se intuía, pero a pocos kilómetros se veía lo que parecía ser un planetario invertido, gigante, con el domo enterrado en la tierra y miles de luces desparramadas en su interior. Tantas veces me dijeron que ir a las grandes ciudades no vale la pena y tantas veces sentí lo contrario. Después de diez horas de camino de ripio, la ruta asfaltada nos estaba por dejar en La Paz, la capital administrativa más alta del mundo.

 

Durante los días que pasamos en la ciudad, mirarla desde arriba se nos hizo costumbre. La Paz está asentada en un cañón, rodeada por montañas de hasta 6400 metros de altura, en medio de la Cordillera de los Andes. Las casas se extienden desde el centro hasta las laderas como hormigas rojas y sobrepasan la línea del horizonte, que en una ciudad de calles en subida y bajada es difícil de distinguir. Si bien ya nos habíamos aclimatado bastante, las caminatas hacia lo alto nos seguían entrecortando la respiración y el viento fresco del Altiplano nos obligaba a abrigarnos bien, gorro, polainas de lana, sweater de alpaca.

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El efecto Uruguay II : Las playas y los recuerdos

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Dicen que nuestra percepción de los lugares y espacios cambia con el tiempo: el ejemplo más común es cuando volvemos a algún lugar de la infancia y todo nos parece más chico. En nuestro recuerdo, ese patio era más grande que un estadio de fútbol, el árbol del fondo era una montaña y aquella habitación era un escondite secreto. Pero lo vemos con unos años más, y todo es distinto. Uno de los pocos países que visité en distintas etapas de mi vida es Uruguay: pasé veranos de mi infancia entre Punta del Diablo y Cabo Polonio, veranos de la adolescencia en Punta del Este e inviernos y primaveras de mis veinte entre Colonia, Montevideo y Piriápolis. En cada regreso encontré algunos lugares como los recordaba y otros muy distintos, aunque siempre familiares y cercanos.

Durante varios años, entre mis cuatro y mis diez años, pasé veranos en Punta del Diablo con mi familia. Mis recuerdos de esos días provienen de los álbumes de fotos y de las historias de mi papá: en las imágenes se veían casitas bajas, calles de tierra y mucha tranquilidad. Alquilábamos una casa con una familia uruguaya y yo jugaba con los chicos, tenía una tabla de surf miniatura —de telgopor, con el dibujo de un tiburón— y me pasaba horas barrenando en la costa. De vez en cuando íbamos al Chuy, en la frontera con Brasil, a hacer algunas compras, o a ver el atardecer a Cabo Polonio. No volví a Punta del Diablo desde entonces, pienso hacerlo este año. Sé que creció como destino turístico, aunque muchos me dicen que fuera de temporada sigue igual que hace veinte años.

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